En los últimos meses se ha vuelto muy común, entre los que gustan de la reflexión, apelar al término de filosofía oscura para referirse a un grupo de autores que rayan en lo enigmático. Pero ¿existe en la historia del amor a la sabiduría algo que podamos llamar filosofía oscura?
Ciertamente, podemos decir que en la historia de esta disciplina se resguardan anécdotas interesantes de las vidas de los filósofos y de los conceptos en sus obras más profundas. Y, aunque, podemos encontrar algunas que parecen escapar a la comprensión habitual de las cosas, como aquella en la que Tomás de Aquino parece dejar de filosofar después de una revelación divina, eso no significa que pueda decirse que exista filosofía oscura.
Sin embargo, si indagamos todavía más, podemos darnos cuenta de que la filosofía se relacionó en algún momento con la magia o la adivinación, con la cábala, la mística y la teología en general. Cicerón, por ejemplo, hace mención de los diversos métodos adivinatorios; Platón en alguna línea de sus Diálogos se refiere al filósofo como un mago o adivino; los medievales, por su parte, profundizaron en las cuestiones más abstrusas de la religión, etc.
Si por filosofía oscura entendemos la relación que esta disciplina tuvo con lo que hoy llamaríamos superstición o ataque a la razón, entonces sí podríamos sostener que hubo una parte del amor a la sabiduría ligada a los misterios o lo difícilmente comprensible, pero solo en ese sentido.
Se ha intentado identificar la dificultad que tienen algunos textos de filosofía con el oscurantismo, a pesar de eso, podríamos decir que dicha situación no está relacionada con los textos o ideas mismas, sino muchas veces con la capacidad del lector para interpretar el contexto de una propuesta filosófica.






