El porvenir no será de nadie es el título de un libro de Óscar de la Borbolla, pero también resume la perspectiva de toda una época: la nuestra. Cuando pensamos en la modernidad, lo que comúnmente viene a nosotros es la idea del progreso de la humanidad, el desarrollo de la ciencia, el afán por un mundo mejor y demás asuntos similares. Sin embargo, podemos constatar que nada de eso sucede hoy ni parece cercano.
Desde la crítica que la filosofía ha hecho sobre el desarrollo de tales ideas en la historia humana se dice que nos encontramos al interior de la posmodernidad, pero que esta no constituye un período, ni el comienzo de uno, sino una condición de lo moderno. Si esto es así, entonces es necesario afirmar que para entender qué es la modernidad debemos apelar a la historia de la filosofía europea y al proyecto que desde ella se gestó.
Se dice moderno a aquello que se ha sustraído de la incidencia de los criterios religiosos cristianos en el terreno de la moral y de la metafísica; se concibe como moderno al establecimiento del saber científico y del yo cartesiano como eje de todo conocimiento posible; se denomina moderna a la apuesta política que sitúa al ciudadano como parte integrante del Estado y cuya naturaleza tiene miras hacia lo mejor. La filosofía no dejó de insistir en que la realización de la humanidad solo tendría cabida si lograba establecer la universalidad de esa esperanza labrada desde hacía diez o quince siglos.
No obstante, ni en el peor de los mundos posibles un proyecto se enfrentó a tal nivel de desgracia e incertidumbre. Nada se cumplió a cabalidad, lo cual fue muestra de que no se tenía otra alternativa más que la resignación ante un mundo cayéndose a pedazos, es ahí cuando surge la condición posmoderna en la forma de un diagnóstico.
Diagnóstico que significa lo mismo que la cita con un médico, dentro de la cual se exponen los malestares, se relatan los hechos previos que uno considera que lo han llevado a contraer tal o cual enfermedad, se dilucidan las alternativas, se recuerda qué o cómo pasó y el doctor propone un camino a seguir para revertir esos efectos. Esto mismo es la posmodernidad: una forma de pensar cuya naturaleza crítica reflexiona los desgarres de la historia, cuyo fin no es ofrecer soluciones, sino diagnosticar toda una época.
De ahí que Nietzsche, Marx o Freud sean solo la punta de lanza, apenas la primera aproximación a una temporada marcada por el vacío, la ausencia de todo criterio fijo, la insustituibilidad de Dios y de la categoría del ser, la comprensión del concepto de trabajo al margen del capitalismo, e incluso, la noción de lo patológico y lo psicológico. Pero el daño es tal que no bastaron esas obras, ni el Zaratustra, el Capital o La interpretación de los sueños, la posmodernidad se ha prolongado indefinidamente, el diagnóstico parece siempre estar inacabado.






